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NEW VIDEO: Letting go of gaming

Ivan Daniel

[ES] Semanario de Iván

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Mi nombre es Iván, soy mexicano, tengo 27 años, soy licenciado en psicología y soy adicto a los videojuegos. He sido adicto a estos desde mi adolescencia y hasta hace poco se me dio la oportunidad de conocer este espacio y de poder apoyarme humildemente en él. Actualmente me dedico a la educación especial y he tenido que hacer grandes cambios en mi vida para poder brindar servicios de salud mental y de educación, sobre todo, tomando en cuenta que son niños los implicados. 

Este vicio ha traído a mi vida olas de ansiedad, culpa y pena. La falta de control sobre mí mismo, el profundo vacío, la baja autoestima, el consumo de drogas y la insatisfacción generalizada son algunos de los frutos que los juegos me han dejado.

Llevo más de 100 días sin jugar (realmente no los cuento) y el trabajo lo hago día con día; basta con leer una sola palabra relacionada con algún videojuego al que fuí adicto y en mí se dispara esa necesidad de subir niveles, crecer mi personaje o hacerme rico virtualmente.

Algunas de las acciones concretas que me han servido son:

  • Cortar de tajo todo consumo relacionado a los videojuegos (youtube, twitch & videojuegos)
  • Sustituir estos tiempos con lectura y oración
  • Buscar activamente salirme de mi zona de confort 
  • Trabajar en las virtudes (humildad, templanza, caridad, paciencia, fortaleza, castidad, generosidad)

No habría podido llegar a donde estoy sin ayuda de Arriba, pero reconozco también el apoyo de varias fuentes, entre ellas, este canal. Agradezco a @Cam Adair su interés por todos nosotros que, como él, hemos sido prisioneros de los juegos.

Este será un espacio en donde yo, con humildad y honestidad, comparta con el lector mi experiencia y cómo son mis días después de haber hecho el compromiso de dejar este vicio que tantas cosas buenas se ha llevado de mi vida. No tengo nada planeado ni estructurado al momento de escribir y esta es una de las muchas formas en que puedo aterrizar mi realidad y reconocer mi naturaleza débil; me encuentro aquí porque, al igual que ustedes, necesito de ayuda para sobrevivir a esta adicción y continuar brindando mis servicios como profesional de la salud mental y de la educación.

Sé paciente conmigo, amable lector, pues no me es fácil escribir para otro; esto es nuevo para mí y sin duda haré un espacio en mi vida para compartirla contigo.

¡Hasta pronto!

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¡Bienvenido al foro Iván!

Gracias por hacer un trabajo tan especial y enhorabuena por el tiempo que llevas sin jugar.

Tómate el tiempo que necesites para escribir y no te sientas obligado a compartir algo con lo que no te sientas cómodo (datos personales que te hagan identificable, emociones o experiencias que todavía no hayas terminado de gestionar interiormente, etc). Es cierto que publicar te expone a que otros (como yo ahora) te leamos, pero no deja de ser un proceso esencialmente introspectivo y personal. Úsalo y disfruta de él a tu manera. 

Y si algún día necesitaras de algún tipo de ayuda más allá que la satisfacción de escribir (ayuda profesional), recuerda que es la prioridad y no dudes en pedirla. No podemos ni queremos sustituir ningún tipo de terapia profesional contrastada científicamente. El foro y la comunidad son, ante todo, una herramienta.

Me alegro de que nos hayas encontrado y espero que te sirva. Mucho ánimo y fuerza. 

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De niño, no sólo crecí con un refrigerador lleno y con educación privada; cuando no pasaba mis vacaciones en Disney o en la playa, terminaba usando mi tiempo jugando con mi hermano, primos y/o amigos al nintendo. Mis necesidades de alimento, atención, interacción y estimulación estaban más que cubiertas. 

Después conocí el Tibia. Allí se manifestó la verdadera adicción. Era el juego perfecto: interactuaba con gente de todo el mundo, desarrollaba mi personaje según mis intereses, hacía dinero para comprarme mejores armas y armaduras... el juego ofrecía tanto contenido que me volví un completo fan de éste. Y como compartía este vicio con mi hermano y algunos amigos y primos, nunca lo percibí como un peligro. Únicamente se requería de una computadora y conexión a internet para que estuviera embarrado por horas buscando la forma de hacer más dinero, de hacerme más poderoso o de aventurarme a explorar nuevas áreas. 

Este fue un juego que, hasta la fecha, me ha marcado fuertemente. Si no jugaba, estaba leyendo acerca de los monstruos, las armaduras, las cuevas y las ciudades de éste. Nunca he jugado algún otro juego tanto como éste y en él reposan muchas memorias y recuerdos divertidos. 

Sin embargo, el problema es que es un juego que requiere de pagos mensuales para poder disfrutarse por completo... Llegué a pagar para tener mejores hechizos, mayor acceso a cuevas y mejores vestimentas. El hook que se obtiene una vez que pagas es impresionante, y la experiencia se vuelve tal que no ha habido nada igual que me cause tanto placer como poder explorar con tu hechicero áreas restringidas y utilizar ataques reservados solamente para los privilegiados.

Y de repente, la vida se vuelve algo parecido... si no pagas, no disfrutas de lo que ésta tiene para ofrecer. Lo cual me lleva a la siguiente reflexión: En mi realidad, ser adicto a los videojuegos es un privilegio. El haber podido crecer con la comodidad de los videojuegos, el haber tenido una infancia con entretenimiento y diversión, me vuelve alguien privilegiado. 

¿Por qué preocuparme por mí y por mis adicciones de blanco clasemediero cuando allá afuera hay niños hambrientos, comunidades enteras sometidas al sistema injusto y desigual en el que vivimos? Hay gente desalojada, personas enfermas, tristezas y angustias. No está en mis manos resolver al mundo, pero tampoco me toca cruzarme de brazos y debatir si poner o no una consola en mi lista de regalos de boda. 

"Continúa, Iván, y deja atrás al infantilismo" – me digo a mí mismo. 

He de buscar la madurez; he de optar por ella. Sólo así lograré salir de Iván, de aquél impulso a la autosatisfacción.

Madurez implica dejar de ser un yo para volverme un nosotros

La libertad de elegir, por más complicada o difícil que sea, la decisión de acompañarme en este viaje y, en ocasiones, negarme a mí mismo para estar con alguien más, es el mayor regalo que la vida me ha dado. 

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